Seguritecnia 511
/ Enero-Febrero 2025 98 Detectives C on frecuencia me he pre- guntado por el gran poder de manipulación que tiene la clase política, sea del color que sea, cuyos integrantes utilizan con asombrosa habilidad el lenguaje a su antojo para expresar unas opiniones de las que muchas veces ni siquiera están convencidos –pero así lo impone la disciplina de grupo por las circuns- tancias del momento– para, ahora sí, convencer a la horda de votantes que, seducidos por lo que han oído, defen- derán con fervor una serie de ideas (disparatadas hasta el momento desde su particular punto de vista) que le han sido inoculadas a conciencia como si de una fecundación in vitro se tratara. El político es básicamente un ciuda- dano que dedica gran parte de su vida y de su tiempo al interés general (esta es la idea en filosofía política, aunque desgraciadamente no siempre es así) y que como representante de los ciuda- danos (en los Estados democráticos, claro está) va a participar en la gestión y administración de los recursos públi- cos. Lógicamente, cada representante, cada uno de ellos desde su particular ideología (y todos los que participan de esa ideología común, sometidos a una disciplina de grupo que marca las direc- trices a seguir), tiene entre sus funcio- nes convencer; generar opinión y con- seguir que sus votantes, muchas veces con sus voluntades cambiadas –léase manipuladas–, les den el apoyo nece- sario para hacer realidad ese proyecto en aras del interés común. La figura del político Este es el trabajo de un político en un Estado de derecho, como puede ser el nuestro. Se trata de una encomiable la- bor, aunque lo explique de esta manera tan cruda y en cierto modo altruista, ya que velar por el interés general sujeto a la atenta mirada de los administrados, muchos de ellos con diferente ideología política, social y económica, hace que ese oficio no esté bien remunerado. El político, en pro de ese interés general, debería gestionar con ética cuantos re- cursos públicos estén bajo su compe- tencia para hacer una sociedad mejor. Para ello, tiene que convencer –y es- tar convencido– de que lo que hace es lo mejor que se puede hacer, y utilizar sus palabras con habilidad para conse- guir el mayor número de adeptos dis- puestos a defender esa idea, logrando incluso un cambio de opinión de quien disiente. Así debería ser la política, pero se trata de una entelequia. Me da igual el color de quien hable, pero el político en la sociedad actual miente (esto no es nuevo; seguramente al igual que en cuantas sociedades han existido a lo largo de la historia, pero el mero hecho de estar en la era de las comunicaciones hace que estas men- tiras tengan un efecto multiplicador) y es cuando menos sorprendente que un acontecimiento o cualquier devenir de la vida pública (que tiene una alta tras- cendencia para el resto de los adminis- trados para bien o para mal) se cuente, se critique o se vanaglorie de una ma- nera o de la contraria, según lo hagan El poder de la palabra E nrique H ormigo J ulio D irector de H orcis D etectives . D etective privado y experto en la detección psicofisiológica del engaño El poder de la palabra utilizado para persuadir, emocionar o cambiar la opinión dentro de la sociedad tiene una importante repercusión dentro del mundo real
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy MTI4MzQz